miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL AMIGO DEL HIJO

Era la reunión del domingo por la noche de un grupo apostólico en una parroquia. Después que entonaron unas canciones, el sacerdote de la iglesia se dirigió al grupo y presentó a un orador invitado; se trataba de uno de sus amigos de la infancia, ya entrado en años.  
Mientras todos lo seguían con la mirada, el anciano ocupó el púlpito y comenzó a contar esta historia:  
"Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo estaban navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico, cuando una tormenta les impidió volver a tierra firme. Las olas se encresparon a tal grado que el padre, a pesar de ser un marinero de experiencia, no pudo mantener a flote la embarcación, y las aguas del océano arrastraron a los tres." 
Al decir esto, el anciano se detuvo un momento y miró a dos adolescentes que por primera vez desde que comenzó la plática estaban mostrando interés; y siguió narrando:  
"El padre logró agarrar una soga, pero luego tuvo que tomar la decisión más terrible de su vida: Escoger a cuál de los dos muchachos tirarle el otro extremo de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse. El padre sabía que su hijo era un buen cristiano, y  también sabía que el amigo de su hijo no lo era. La agonía de la decisión era mucho mayor que los embates de las olas." 
"Miró en dirección a su hijo y le gritó: ¡TE QUIERO, HIJO MIO! y le tiró la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó al muchacho llegar hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció bajo los fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás lograron encontrar su cuerpo."  
Los dos adolescentes estaban escuchando con suma atención, atentos a las próximas palabras que pronunciara el orador invitado. 
"El padre" -continuó el anciano- "sabía que su hijo pasaría la eternidad con Cristo, y no podía soportar el hecho de que el amigo de su hijo no estuviera preparado para encontrarse con Dios. Por eso sacrificó a su hijo. ¡Cuán grande es el amor de Dios que lo impulsó a hacer lo mismo por nosotros!"  
Dicho esto, el anciano volvió a sentarse, y hubo un tenso silencio. Pocos minutos después de concluida la reunión, los dos adolescentes se encontraron con el anciano. Uno de ellos le dijo cortésmente:  
"Esa fue una historia muy bonita, pero a mí me cuesta trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo con la ilusión de que el otro muchacho algún día decidiera seguir a Cristo." 
"Tienes toda la razón", le contestó el anciano mientras miraba su Biblia gastada por el uso. Y mientras sonreía, miró fijamente a los dos jóvenes y les dijo:  
"Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por mí. A mí también me costaría trabajo creerlo si no fuera porque el amigo de ese muchacho que fue devorado por las aguas era yo."

jueves, 16 de diciembre de 2010

Carta al hombre de Adviento

Querido hombre:
He escuchado tu grito de Adviento. Está delante de mí. Tu grito, hombre, golpea continuamente a mi puerta. Hoy quisiera hablar contigo para que repienses tu llamada. Hoy, hombre, te quiero decir: ¿Por qué “Dios” preguntas? ¿A qué “Dios” esperas? ¿Qué has salido a buscar y a ver en el desierto?
Escucha a tu Dios, hombre de Adviento:
“No llamés a la puerta de un ‘dios’ que no existe, de un ‘dios’ que tú te imaginás... Si esperas... ábrete a la sorpresa del Dios que viene y no del ‘dios’ que tú te hacés... Tú, hombre, y todos los hombres, tienen siempre la misma tentación: hacer un ‘dios’ a la imagen de ustedes mismos. Yo te digo hombre, yo Dios de vivos, soy un Dios más allá de tus invenciones.
Tú, hombre, y tantos otros, salen a ver dónde está Dios... Se dicen: “aquí está” pero no lo ven, y se sienten desanimados porque Dios no está donde les dijeron...
Y Dios está vivo. Pero ustedes no tienen mentalidad de Reino: no descubren a Dios en lo sencillo. Les parece que lo sencillo es demasiado poco para que allí esté Dios. Sépanlo: Yo, el Señor Dios, estoy en lo sencillo y pequeño...
Hombre de hoy y de siempre: dejá espacio a tu Dios dentro de tu corazón. Sólo puedo nacer y crecer donde mi palabra es recibida y escuchada.
Qué tranquilo te quedas, hombre, haciendo “lo que hay que hacer” porque “haciendo las cosas de siempre” evitas la novedad del Evangelio. Pero yo te digo que tu corazón queda cerrado, y tus ojos incapaces de ver el camino por donde yo llego. No te defiendas, hombre, como haces siempre. No te escondas bajo ritos vacíos. Sal a ver al Bautista en el Jordán. Allí vas a ver que los únicos no convertidos son siempre los que se saben justificar.
Hombre, si me esperas, deja de hacerme tú el camino, y emprende el camino que Yo te señalo por boca de los profetas. Abre el corazón a mi Palabra.
Yo, tu Dios, hablé.

domingo, 22 de agosto de 2010

¿Por qué la puerta es estrecha?

Jesús nos exhorta a esforzarnos por entrar por la puerta estrecha (Lc. 13, 22-30). Muchos apoyan su salvación en sus actos de piedad o en el apostolado que realizan en su comunidad parroquial; otros, la basan en el hecho de que son familiares o amigos de algún sacerdote o religiosa. Por eso piensan erróneamente que están en el grupo de los salvados, que ya no hay condenación posible para ellos, actitud que les conduce a no estar alertas, en espera de la llegada del Señor, sino a llevar una doble vida: la de los actos de piedad y la del pecado (pienso en muchas personas que se han dejado llevar por sus sentimientos y/o pasiones y por eso viven de espaldas a Dios).

Jesús nos invita a tomar en serio nuestro proceder en esta vida, a trabajar por nuestra salvación con respeto y seriedad (Flp. 2, 12). Día a día hemos de estar en vela, viviendo la caridad con todos, anunciando con nuestra vida que Jesús realmente es nuestro Señor y Salvador. 

¿Y por qué la puerta es estrecha? ¿Por qué cuesta tanto salvarse? Por culpa de nuestra soberbia, porque no queremos que Dios sea Dios, porque queremos llevar solos las riendas de nuestras vidas y pretendemos que la voluntad de Dios se supedite a la nuestra. Porque pensamos que nuestro Dios es un Dios de restricciones, normas, etc. y se nos olvida que es Dios de vida, de libertad, de paz, de gozo...

Cuando somos humildes delante de Dios, cuando verdaderamente creemos y confiamos en Él, la puerta se hace mucho más ancha. Hagamos la prueba y veamos qué bueno es el Señor, vale la pena someterse a Él, vale la pena amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, vale la pena amar al prójimo.

domingo, 8 de agosto de 2010

“¡Aceite, Aceite!”

            El Diccionario de la Real Academia Española nos dice que “cantinflear” es hablar de manera disparatada e incongruente, sin decir nada. Recuerdo la escena de una de las películas del genial Cantinflas, cuando estaba emborrachándose con un bandido y a éste último le propusieron un reto, a lo cual le animó Cantinflas: “¡aceite, aceite!”, es decir: ¡acepte, acepte!

Traigo esto a colación porque el Evangelio nos llama a estar en vela para que, como buenos siervos, esperemos al amo que viene de las bodas (Cf. Lc. 12, 35-40). Pero, ¿Cómo podemos estar en vela? La respuesta es clarísima: viviendo en plenitud la caridad en todo tiempo y lugar, en toda circunstancia, a todas las personas. Muchos de nosotros no estamos en vela porque nuestro amor es limitado a algunas personas, momentos, situaciones… en una palabra, amamos cuando el objeto de nuestro amor lo consideramos como bueno y/o bello; cerrándonos a amar a todo aquello que consideramos como negativo, malo, etc.
Todos tenemos algún sufrimiento por causa de una persona, o por una enfermedad, o algún problema que NO PODEMOS CAMBIAR NI QUITAR AUNQUE TODO NUESTRO SER LO RECHACE. “¿y dónde está Dios? ¿Por qué Dios no me ayuda? ¿Si Dios es Amor, cómo es que me está pasando esto a mí?” son algunas de las interrogantes que surgen en nosotros ante estos eventos.
Dios es Amor (1 Jn. 4, 8), en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hch. 17, 28). Toda nuestra vida está impregnada del amor maravilloso y desconcertante de Dios, INCLUSO LO QUE NOSOTROS CONSIDERAMOS COMO MALO; todo, absolutamente todo está impregnado del amor de Dios. Este amor supera en mucho nuestra mentalidad, pensamientos y deseos
Si queremos descubrir el amor de Dios en lo que consideramos como negativo en nuestras vidas, tenemos que comenzar por ACEPTAR EL HECHO DE QUE NO LO PODEMOS CAMBIAR (por lo menos de manera mágica como muchos quisiéramos).

lunes, 12 de julio de 2010

Enamorarse de Cristo

“Cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cf. Hch 4, 12)” [Documento de Aparecida, Discurso Inaugural de Su Santidad Benedicto XVI, nº 3]
Estas palabras del Papa nos sumergen en el corazón mismo de la Misión de la Iglesia: el amor Fontal de Dios. En efecto, es la experiencia del amor de Dios lo que mueve al discípulo a proclamar a tiempo y a destiempo, en todos los lugares y a todas las personas la Buena Nueva del Evangelio.
Uno habla siempre de aquello que le hace feliz. El amor hace que seamos espontáneos. Quienes han tenido experiencia del noviazgo, saben bien lo que es estar enamorados: durante gran parte del tiempo los pensamientos se orientan hacia el ser amado, el primer pensamiento del día se orienta hacia el amado y antes de dormir, el último pensamiento es para él o ella; cuando la persona amada está lejos pareciera que el reloj detiene su camino, y cuando se está con esa persona el tiempo “pasa volando”. Durante el noviazgo no se tiene pena alguna para hablar a los demás de la persona amada y de lo feliz que se es a su lado. Los gestos, las expresiones, todo expresa a los demás lo feliz que se es junto al otro. Cuando surge alguna diferencia de opinión entre ambos, no se tiene reparo alguno en dar el brazo a torcer con tal de reconciliarse; más aún, durante el tiempo del disgusto persiste una situación de incomodidad, tristeza o melancolía porque no se está bien con el ser amado. Y si se rompe la relación entre ambos, ni hablar…
Ahora surge la pregunta: ¿Por qué el discípulo ha de enamorarse de Cristo? Y luego brota también la respuesta de parte del Señor: ¡¡¡¡PORQUE JESUCRISTO ESTÁ ENAMORADO DEL DISCÍPULO!!!! ¡¡¡¡JESÚS ESTÁ ENAMORADO DE TI!!!! Jesús es el novio que provee de vino nuevo a la fiesta de bodas (Cf. Jn. 2, 8-10). Para Jesús tú eres lo más importante.
El discípulo que se enamora de Jesucristo no hace sino corresponder al amor intenso e infinito, fiel y eterno de Dios hacia él: Dios Padre nos amó primero y nos envió a su Unigénito para salvarnos. Pero su amor no fue ni es algo ocasional: desde antes de la creación del mundo, ya Dios nos ha estado amando con intensidad; a cada instante Dios nos dice que nos ama y nos lo demuestra de manera concreta (cada palpitar de nuestro corazón, cada paso que damos, cada pensamiento, cada cosa que vemos y escuchamos… absolutamente todo es fruto del amor de Dios hacia nosotros). Lo que pasa es que hemos perdido la capacidad de asombro ante las pequeñas cosas de cada día y por eso no escuchamos la voz suave de Dios que nos dice: TE AMO. Jesús no se avergüenza de decírtelo.

lunes, 7 de junio de 2010

El Discipulado Cristiano III

 Algunas interrogantes, para la reflexión personal
Luego de conocer y estudiar los aspectos y características del Discipulado Cristiano, es importante que como seguidores de Jesús, estemos dispuestos a revisar nuestra vida y reflexionar acerca de cómo estamos viviendo realmente el compromiso que hemos asumido.
En la presentación que se muestra a continuación, hay una serie de preguntas que servirán para ahondar en nuestro interior y ver en él.

El Discipulado Cristiano II

 ¿Qué debe hacer el Discípulo de Jesús?Tomar la decisión de convertirse en seguidor de Cristo, implica el compromiso de porclamar el Evangelio no sólo a través de palabras, sino de la propia vida. Asimismo,  el discípulo debe: pensar como Jesús (Mt. 16,23), sentir como Cristo (Fil. 2,5), actuar como el Mesías (Jn. 13,15)

NOTA: Esta presentación contiene diversos aspectos de los que siginifica ser un discípulo cristiano.